Por Sonia Jalfin para La Nación.

Cambió el año y no podemos dejar de evaluarnos. Qué funcionó y qué no, qué queremos para los meses que vienen. Es un momento ideal para pensarse a uno mismo en modo beta, un work in progress que puede mejorar todos los días a partir de los pequeños desperfectos o falencias que detectamos como usuarios de nuestra propia vida.

El modo beta está de moda desde hace varios años, desde que nació en Silicon Valley como un método para el desarrollo de software, que luego se expandió a otras industrias y finalmente a la carrera profesional. Consiste en lanzar al mercado productos aún sin terminar para que algunos usuarios los prueben, detecten errores, los reporten y se corrijan.

Por detrás de esta filosofía de trabajo aparecen varias ideas asociadas a la innovación, como que el error es parte del proceso, que es mejor fallar rápido para también corregir pronto o que la capacidad de adaptación de un producto es en última instancia lo que le permite sobrevivir. Gmail pasó cinco años en modo beta antes de considerarse terminado. La mayoría de los servicios digitales que usamos hoy funcionan en beta permanente: siguen adaptándose y corrigiéndose a medida que los usamos.

El modo beta está cada vez más extendido porque los productos digitales están en todos lados. Ya no se trata solamente de testear sistemas operativos, aplicaciones o videojuegos. Ahora se testean interfaces basadas en inteligencia artificial -que en muchos casos necesitan aprender de la interacción con personas- y todo tipo de objetos conectados a Internet. Eso cambia completamente la situación. ¿Estamos dispuestos a subirnos a un auto que se maneja solo, cuyo software está en modo beta? ¿Dejaríamos que el sistema que regula el tráfico aéreo esté sin terminar? ¿O que nuestro asistente personal le conteste un mail a nuestro jefe o nuestra pareja sin saber bien lo que hace?

El software que regula el funcionamiento de los autos autónomos de Tesla, el Autopilot, fue lanzado como parte de un gran proceso de “beta público”, según lo definió la compañía. Su CEO, Elon Musk, es también el impulsor de SpaceX, la empresa que está ensayando viajes interespaciales.

En 2016, luego de un accidente fatal con un auto de Tesla, Musk explicó que la nomenclatura “beta” sirve para que los usuarios sepan que se trata de un producto aún sin terminar. De hecho -anunció-, van a necesitar al menos 1600 millones de kilómetros recorridos para aprender lo suficiente sobre estos autos.

El problema es que para probar estos sistemas no hay laboratorio posible. Es muy difícil replicar de manera artificial las condiciones donde estas tecnologías deben funcionar. Por eso los testeos con usuarios en el mundo real se vuelven perentorios.

“El testeo beta de productos complejos requiere que el mundo se vuelva un gran campo de experimentación, un laboratorio permanente”, dice Ana Gross, una doctora en Sociología argentina que vive en Londres y lleva adelante una investigación sobre las implicancias sociales de las pruebas de usuarios junto con Noortje Marres, del Centro de Metodologías Interdisciplinarias de la Universidad de Warwick.

Gross y Marres están estudiando los dilemas sociales que surgen de las pruebas con dispositivos de inteligencia artificial e Internet de las Cosas, desde autos autónomos hasta asistentes virtuales como Siri, de Apple, o Alexa, de Amazon.

En una publicación reciente, Marres detalla cómo un grupo de activistas llamado Pedestrian Liberation Front reclamó que un supermercado suspenda las pruebas con autos autónomos que estaba haciendo para entregar mercadería. La razón: estaban usando calles peatonales. Otro caso fue el de unas pruebas de autos en Greenwich, que recibieron críticas porque se prohibió a los ciclistas circular por las calles donde se realizaba el experimento. Estos ejemplos la llevaron a hablar de un nuevo “semicampo”, mezcla entre laboratorio y mundo real, que aparece como una opción viable para que la inteligencia artificial avance sin generar riesgos mayores.

“A los ingenieros y científicos involucrados en proyectos de autos inteligentes los preocupa cómo van a reaccionar las personas frente a estos autos”, cuenta Gross. “¿Qué pasa si un humano engaña a un auto para ver si efectivamente es inteligente? ¿Y si le hacen bullying? ¿Cómo vamos a evitar que los autos manejados por personas se aprovechen de la vulnerabilidad intelectual de los autos autónomos o de su falta de inteligencia emocional? De alguna manera los testeos son más para los usuarios que para los autos”.

Cada uno de estos experimentos pone en cuestión la tradición de las ciencias sociales, que durante años fueron el actor principal de la investigación social. “Hace tiempo que la sociología perdió el monopolio de la creación de datos sociales que registraban los estudios de opinión pública. Lo mismo pasa en el campo de la economía, donde datos comerciales digitales desafían los indicadores públicos tradicionales. Se privatizan los datos sociales y también los ambientes de experimentación social”, dice Gross.

Facebook es un caso emblemático de estas transformaciones. João Batista, CEO de Bigfoot, una empresa de videojuegos basada en Mar del Plata que sigue rigurosamente los estándares de testeo con usuarios, asegura que la cultura del modo beta es cada vez más frecuente en otras industrias: “Facebook es tal vez el mejor ejemplo -asegura-: todo el tiempo se ven cambios sutiles en la interfaz o funciones originales que solo tienen algunas personas. Todo el tiempo están probando nuevas cosas y las mejores innovaciones terminan llegando a todos los usuarios. En realidad, casi cualquier aplicación, web o juego que tenga éxito está en etapa de beta permanente”.

Al mismo tiempo, Facebook fue criticado en los últimos años por implementar experimentos sociales como exponer a ciertos usuarios a mensajes positivos y monitorear los resultados de esa intervención.

“Estos experimentos pueden entenderse como parte del testeo de la plataforma de Facebook, pero se vuelven cuestionables si no hay un consentimiento de los usuarios”, señala Gross. “El problema es que el testeo beta es una zona gris entre un experimento y una práctica de desarrollo de producto”.

Los sujetos que experimentan parecen bastante contentos hasta ahora. Gross y Marres vienen recopilando videos de usuarios que probaron autos autónomos y subieron sus experiencias a YouTube. Los videos están disponibles en la Web, en un dashboard que armaron las investigadoras. Parecen las pantallas de un centro de monitoreo de tránsito, solo que de fondo se escuchan los gritos excitados de los tripulantes, que van con las manos libres, sin tocar el volante.

Pertenecer a un programa de testeo para algunos es fascinante, fuente de prestigio y objeto de deseo. “Es una forma de obtener el contenido antes que todos los demás y de poder ofrecer sugerencias que van a ser tenidas en cuenta”, dice Batista. “Los usuarios que testean se sienten parte del proceso de creación del juego. Más que usuarios, en cierto sentido se vuelven desarrolladores”.

En muchos casos, incluso, los errores de los juegos son festejados por los usuarios y se terminan convirtiendo en aciertos. “Es algo muy normal”, dice Batista. “Por ejemplo, en Space Invaders mientras vas jugando la velocidad aumenta. Eso fue un error que a los usuarios les gustó y terminó quedando”.

La Web está llena de recomendaciones para convertirse en beta tester y hacer bien el trabajo. Quienes lo logran son -muchas veces- ese conglomerado que se conoce como early adopters: los que llegan antes que nadie a las novedades tecnológicas aun a costa de exponerse a sus fallas. Son también quienes dedican tiempo y esfuerzo a reportar errores que luego serán aprovechados por las empresas para mejorar sus productos y sus ingresos. Por eso mismo, una rama de la sociología habla de estas prácticas como nuevos modos de explotación.

Por supuesto, los riesgos no son los mismos en un videojuego que en el tránsito real de una avenida, y en el medio hay muchos grises. Starbucks lanzó un asistente virtual -en modo beta- que permite pedir un café sin pasar por la caja. Si falla, tal vez el pedido no sea el esperado. Pero incluso en ese caso, quién sabe si no podemos estar -sin querer- frente al nacimiento de un delicioso nuevo tipo de capuchino.

Fuente: La Nación

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