El 16 de diciembre de 2018 un joven y exitoso emprendedor llamado Colin Kroll fue encontrado muerto en su departamento. Se sospecha que falleció por una sobredosis. Kroll tenía 34 años y había fundado Vine (que Twitter adquirió en 2012) y ahora estaba al frente de HQTrivia. 

Su muerte disparó algo en mi memoria emotiva. He visto muchos emprendedores caminar por el borde del precipicio emocional, tras meses de apenas dormir, desbordados. En muchos casos, habían apostado todo lo que tenían. No supe bien por qué, pero me costó dejar de darle vueltas al asunto. Al día siguiente, el periodista John Biggs publicó una extraordinaria columna en la que hablaba del lado oscuro de ser emprendedor. Biggs, aparte de periodista, fundó Freemit.com, que debió cerrar en 2016, y sus líneas expresan con claridad el abismo que existe entre el halo de encanto y lujo que rodea a los jóvenes emprendedores y la realidad brutal que en la práctica atraviesan. Por cierto, Biggs no intenta en ningún momento asociar emprendedurismo con excesos -ni esa es tampoco mi intención-, pero sí destaca el castigo emocional y psicológico que implica iniciar una compañía. Cuando, como en su caso, hay antecedentes de depresión y anhedonia, las cosas pueden terminar muy mal. Lo descubrió un día en el que pensó seriamente en “tirarse abajo de un colectivo en Chicago” (sic).

Conozco muy de cerca el mundo de los emprendedores y no tiene nada que ver con lo que imaginamos (con la siempre solícita ayuda de Hollywood). Ninguno de ellos se quejará de las 20 horas por día de lunes a lunes. Tampoco se lamentarán de no tener vacaciones durante años. La cuestión es otra. El emprendedor pone algo de sí en su startup y se juega el ser en esa apuesta. Si fracasa o deben salirse del proyecto, atraviesa un duelo muy profundo.

“Hay una sensación de fracaso en medio del mayor de los éxitos -escribe Biggs-. Hay una profunda frustración y una profunda ira.” Esta emocionalidad tiene poco que ver con el this is just business. O con la idea de que tener tu propio negocio te garantiza que no vas a rendirle cuentas a nadie. Todos tenemos que rendirle cuentas a alguien, hasta los más poderosos. Y el emprendedor antes que nadie, porque debe aprender a entretejer sus apuesta ontológica con el vil metal, que, aunque no es el motor de su quijotada, sin duda califica como su cimiento.

Le pregunté a Biggs si se había recobrado del haber visto su primer emprendimiento fracasar. “No me recuperé del todo todavía. Me gusta meditar y salir a caminar, hago yoga y en general me mantengo bien mentalmente. Es mejor que encorvarse sobre una pantalla y enfocarse en malas noticias todo el tiempo.”

Le pedí asimismo un consejo para aquellos que están por iniciar un emprendimiento. Me dijo: “Tenés que hacer algo que te de dinero o tenés que volver a buscarte un empleo. Conozco un montón de gente que tiene un sueño y cree que eso alcanza para montar un negocio. Están peligrosamente equivocados. Tu idea tiene que tener una fuente de dinero integrada o va a fallar. [Además], tenés que buscar cosas que puedan ampliar tus destrezas.”

De eso no se habla

Consulté también a cuatro emprendedores argentinos a quienes conozco bien, y sus experiencias ilustran cabalmente la tesis central de esta columna. Esto es, que no tenemos ni la más remota idea de lo traumático que puede ser iniciar una compañía.

Antes de ir a sus testimonios, una impresión personal. Todos -incluso Biggs- se sintieron inmediatamente comprometidos con la idea de mostrar cómo es el lado invisible del emprendedurismo. “De eso no se habla”, coincidieron. Evidentemente, y no asombra, es mejor vender la imagen heroica del cine que la despiadada (y muchas veces rutinaria y tediosa) realidad del que funda una compañía.

Hicieron honor a este compromiso, y uno o dos días después, sujetos que normalmente no tienen ni medio renglón libre en su agenda, me enviaron extensos textos con sus experiencia. Al parecer necesitaban ser escuchados. Es un dato.

Para lo que sigue, probé varios varios diseños, pero al final me di cuenta de que no había nada más efectivo, en este caso, que trasladarles a los lectores los textos descarnados de mis entrevistados, como salieron, casi sin edición ni filtro.

Ojalá los siguientes párrafos ayuden a desterrar la idea romántica que tenemos de los emprendedores (tecnológicos o de cualquier otra clase) y empecemos a tenerles más respeto que envidia. Casi todos nosotros somos hijos de inmigrantes. Muchos se convirtieron por la fuerza en cuentapropistas (fue el caso de mi abuelo Manuel Torres) y no es raro que este país tenga un espíritu emprendedor tan marcado (aunque tan pobremente fomentado). Pero eso no significa que sea fácil. Todo lo contrario.

Ady Beitler

Beitler Fundó Nilus , una plataforma que conecta los productores y vendedores de alimentos con los comedores comunitarios.

Emprender es, por definición, un acto de osadía. Vos emprendés porque pensás que estás viendo algo que nadie más ve. Y querés hacerlo vos, porque sentís que sos la persona indicada. Te sentís especial, porque tenés una idea original y la determinación de llevarla a cabo. Tenés la confianza de que el mundo te lo va a saber reconocer.

Todos esos pensamientos son, a su vez, saltos de fe. No tenés ninguna evidencia de que a nadie más se le haya ocurrido la idea, ni que vos seas la persona mejor posicionada para ejecutarla.

Entonces, lo más lúcidos se preguntan: “¿Cómo puede ser que a nadie se le haya ocurrido mi idea antes?” Mientras buscamos respuestas, entran a jugar todos nuestros prejuicios y sesgos cognitivos, especialmente el de la confirmación, según el cual tendemos a recordar y procesar mejor los datos de la realidad que confirman lo que creemos por sobre los que desafían nuestro conocimiento. Por este descubrimiento Daniel Kahneman y Amos Tsversky se llevaron un premio Nobel. El problema es que nadie te exige conocer Behavioral Economics antes de emprender.

Llegás con tu idea al mundo y la empezás a probar. Con suerte invertiste poca plata en averiguar si tu idea funciona. Sin suerte, pediste dinero prestado para meter un gran lanzamiento antes de testearla. Ahí te das cuenta de que la vida es más compleja de lo que parece, como decía Drexler. Los procesos burocráticos son lentos. La personalidad de tus empleados es más complicada de lo que esperabas. Tus costos son altos y tu precio es caro. Por circunstancias macroeconómicas que no dominás, la gente no tiene plata para invertir, mucho menos para gastar en tu producto o servicio. Con suerte, temés perder la poca plata que invertiste en probar la idea. Sin suerte, te cuesta dormir de noche porque no tenés idea cómo vas a hacer para devolver el dinero o para recuperar el empleo que dejaste cuando te tiraste a la pileta.

Sólo el 10% de las empresas sobrevive más de un par de años; el 90 muere en el intento. La literatura dice que esto se da por una combinación de talento, suerte y perseverancia. La suerte es azar, y el azar es, por definición, injusto. Así que podés hacer todo bien e igual fundirte. O podés hacer las cosas más o menos e igual sobrevivir. ¿Quién va al casino pensando que va a ganar, salvo gente que hackea el sistema o el adicto al juego? Cuando te ponés a pensarlo en frío, tenés que terminar aceptando que querés que tu empresa funcione. Pero no es más que eso, un deseo. La realidad y los números dicen otra cosa.

Pienso en esto todo el tiempo. Pienso en el azar del emprendedurismo, y a su vez en formas meritocráticas que reduzcan las posibilidades de fracasar. Ciertamente, la que mejor me ha funcionado es la meditación. Respirar en silencio y tomar distancia del azar y nuestros sesgos cognitivos. Entender que emprender es caótico, y eso es parte del juego. Cómo decía Ben Horowitz en su maravilloso libro The Hard Thing About Hard Things, “embrace the struggle”. Aceptá el caos como parte de la vida misma, y tomá distancia. O, como decía Marco Aurelio, “el universo es cambio, la vida es interpretación”. Meditando, respirando hondo, cerrando los ojos y apreciando nuestra vida en perspectiva podemos tomar distancia de nuestra mente. Y eso no sólo te calma el instinto optimista y la exuberancia, sino que también te prepara para la eventual (y probable) caída.

El equilibrio de emprender consiste en apreciar el proceso más que el resultado. En sentirte bien con el hecho de que estás esforzándote y dando lo mejor que tenés, para vencer las probabilidades de morir en el intento. Sin importar si, finalmente, terminás lográndolo. Por eso creo en el emprendimiento social como instrumento de felicidad de las personas. En un mundo en el que nadie te garantiza nada, ¿para qué andás persiguiendo la plata como un fin en sí mismo? ¿Qué tal si te concentrás en el proceso de mejorar la vida a la gente, y sentís orgullo de, al menos, estar intentándolo? Como decía Séneca, en las Cartas a Lucilio: “El lugar en el que uno está no contribuye a la paz mental; es el espíritu el que hace las cosas más amenas para uno mismo”. Yo llevo en el espíritu el orgullo de dedicar mi vida al desarrollo social, tanto desde mi lugar en el BID como en Nilus. No importa cómo salga el partido al final.

Sebastián Siseles

Fundó Weemba en 2009; la compañía cerró en 2012. Hoy es vice presidente internacional de Freelancer.com

En general se mira la vida de los emprendedores como un lugar o una forma más confortable de trabajar, con horarios más flexibles en dónde el no tener un jefe relaja más las situaciones, metas y horarios. La realidad es que la vida del emprendedor dista muchísimo de ser lo que la gente imagina.

Por un lado, desde crear una empresa, hacer los trámites iniciales, imaginar el nombre, reservar el dominio de Internet, lidiar con contadores, escribanos, abogados, y un sinnúmero de asesores externos que esperan una definición tuya para avanzar, hasta atender teléfonos, pagar la luz de la oficina, hacer las compras de lapiceras, teclados, cuadernos, monitores y, claramente, entrevistar y contratar empleados o freelancers y pagar sueldos, son todos quehaceres extra al foco principal del negocio que uno quiere desarrollar, y que insumen muchísimo tiempo.

Desde que estaba en la escuela secundaria siempre tuve una pata en el mundo emprendedor y tengo varias anécdotas de situaciones de stress, de no dormir o simplemente despertarme sin saber dónde estaba de tanto estar fuera de casa. Aquí van algunas.

Tenía 20 años y un empleado de un emprendimiento que había montado decide renunciar a su empleo. En ese momento, con 20 años, yo tenía cerca de 35 personas a cargo, naturalmente todas mayores que yo, muchos con familia e hijos, y era una época de expansión de mi emprendimiento; abría un local cada 2 o 3 meses, contratando los arquitectos, comprando mobiliario, y así. Esa sola responsabilidad a mi edad representaba un buen nivel de presión, sumado a un caudal de trabajo inmenso que me mantenía en una época desvelado la mayor parte de los días, durmiendo unas 4 o 5 horas máximo por semana.

El día de mi cumpleaños 21, unas pocas semanas después de que esta persona renunciara y con toda la liquidación final pagada, me llama a mi celular un abogado, mientras comía con mi familia en un restaurante, reclamando unas diferencias salariales, pagos extras y honorarios por un monto que, en esa época, ascendía a cerca de 50.000 dólares (estábamos en el 1 a 1). Fue tal el nivel de violencia en esa discusión que, sumado a mi poco dormir de esas semanas, terminé con un pico de presión y estudios cardiológicos con receta de descanso y “no trabajar” por unos días. Como emprendedor, en el medio de la vorágine, no podés extenderte un certificado médico y no ir al trabajo ya que es tu empresa, y hay muchas familias dependiendo de vos.

Finalmente, pude llegar a un acuerdo, aunque como lección me quedó el aprender a delegar. Luego de esa experiencia, entendí que debería haber delegado este tipo de temas en otras personas que puedan lidiar profesionalmente con tales asuntos y mantenerme focalizado en la expansión del negocio, que es lo principal para todo emprendedor.

Hace unos pocos años, pasé por seis ciudades en un mismo viaje sin haber tocado mi casa en Buenos Aires, incluyendo lugares con idiomas y zonas horarias tan disimiles como Sydney, 14 horas más respecto de Buenos Aires; San Francisco, con dos horas menos; Nueva York, con dos horas menos, y San Pablo, con una hora más. En Bogotá (dos horas menos), al despertarme, estaba ya tan confundido que al subirme al ascensor saludo en portugués a una empleada del hotel, que me miró más que sorprendida. Me di cuenta de que estaba errando el idioma, por lo que, confiado, ¡comencé a hablarle en inglés! Este tipo de situaciones, de viajes de trabajo tan largos en lugares tan diferentes, sin tocar tu casa y tus afectos, son muy comunes en la vida de un emprendedor, y es algo que no se le podría exigir al empleado de una compañía.

En un emprendimiento que había co-fundado, crecimos rápidamente en cantidad de empleados y oficinas en tres países. El crecimiento de esta puntocom venía tan rápido que no costaba nada, al principio, hacerse de capital de personas, fondos y empresas que estaban dispuestos a invertir en el modelo de negocio. Viajé reiteradas veces a España y Estados Unidos a buscar oficina, contratar personal y mantener reuniones con empresas y bancos. Así y todo, en un momento el acceso al capital comenzó a complicarse mucho, por lo que con mis socios decidimos hacer un road show por Estados Unidos y Canadá a fin de salvar la empresa.

Lamentablemente, y si bien la idea de negocio era excelente y hoy muchas startups la están llevando adelante, posiblemente la ocasión no era la adecuada. El momento del cierre de una empresa no es de las situaciones más placenteras por las que un emprendedor pasa, ya que no solo es el cierre de proyectos y sueños, sino que también es el cese de relaciones comerciales y laborales, y de comunicar a la gente que la empresa no puede funcionar más. Son momentos realmente estresantes, y por desgracia hacen a la vida del emprendedor.

Pese a experiencias negativas o duras que un emprendedor afronta, y a los niveles de presión y estrés a los que se ve sometido, sigo creyendo que no hay nada más interesante, motivador y movilizador que crear desde cero una empresa. Fundarla, verla crecer, contratar gente y expandirla internacionalmente son momentos mágicos que vivimos los que estamos en este mundo. Riesgos hay en todos lados, pero la satisfacción de presenciar y ayudar a que algo que no existía se transforme en una maquina productiva, paga cualquier sinsabor y esfuerzo o noches de no dormir.

Mi consejo para quien está por tirarse a la pileta es que este es el mejor momento de la historia para emprender. Nunca fue tan fácil como en estos tiempos. Con acceso a Internet y tecnología gratis o muy barata, con oficinas remotas o incluso desde espacios de co-working, y acceso a plataformas de freelancers para contratar al mejor talento humano sin restricción de tiempo y lugar, es el momento para llevar esa idea de negocio a la realidad.

Marcos Sitz

Co-fundador de Iquall , un exitoso proveedor de plataformas y servicios para empresas de telecomunicaciones

Todos tenemos nuestros problemas e historias, y el que tiene tendencia a los excesos va a encontrar excusas sin importar lo que le toque vivir. Sin embargo, es cierto que el mundo de los emprendedores está subestimado en varios aspectos, esos que el gurú no te cuenta en la conferencia TED, o que te lo cuenta de manera divertida (y a veces no lo es tanto).

El primer aspecto es la tolerancia a la frustración, que no es poca cosa. Esa tolerancia a la frustración nos hace volver a empezar como si nada hubiese sucedido cuando todo sale un poco mal, algo mal o pésimamente mal, como casi siempre salen las cosas en el mundo del emprendedor. Esa característica es muy importante, ya que salvo que te saques la lotería con una idea brillante, al principio salen muchas cosas mal. Es más, si tenés éxito con tu primer idea, salen muchísimas cosas todavía peor, porque la bola de nieve se hace cada vez más grande.

Ahí cobra importancia la segunda característica imprescindible: el juicio. Porque tampoco podés estar intentando una y otra vez la misma idea, ya que puede ser que a pesar de todo lo buena que te parezca y el gran aporte a la humanidad que seguramente estarás haciendo, a nadie le interese y comercialmente no sirva para nada. Entonces el juicio es fundamental para decir hasta aquí llegué.

Nosotros en Iquall, todos los años lanzamos un nuevo producto al mercado, y naturalmente prosperan muy pocos de esos nuevos productos. Invertimos de hecho hace dos años el equivalente a unos cuantos departamentos en una idea novedosa que el mercado no adoptó, y nos costó horrores dejarla ir, un poco por orgullo, otro poco porque no queríamos tirar la toalla, y otro poco porque habíamos puesto mucha plata ahí.

La última -y super importante- de las condiciones para ser emprendedor, y una de las más difíciles de lograr, es bajar el ego cuando todo sale bien, porque si no te come el personaje y dejás de tener la libertad que te llevó hasta donde estabas y te transformás en esclavo de tu propio emprendimiento. Todos sabemos que un alma emprendedora que termina esclava, tarde o temprano desbarrancará más.

Historias para contarte tengo muchas, varias que demuestran que tuve varias caídas al fallar en los postulados que cité arriba. Por ejemplo, recuerdo con mucha frustración una vez que logramos que uno de los grandes players del mercado de redes nos contratara para desarrollar una solución de software. Había viajado a San Francisco, había cerrado con ellos el contrato, teníamos la experiencia y los desarrolladores adecuados para que todo salga muy bien, y sin embargo por diferencias culturales el proyecto no prosperó.

Todos mis cálculos de ingeniero habían estado perfectos, teníamos todo para el éxito, menos un pequeño detalle: las personas de diferentes mundos tienden a ser levemente distintas, y a veces esas sutiles diferencias terminan mal. Conclusión: la super oportunidad de desarrollar para Sillicon Valley se esfumaron en un par de semanas, y con ello varias ilusiones más.

Alejandro Zuzenberg

Fundador de BotMaker , una startup dedicada a bots para empresas, ex gerente general de Facebook Cono Sur

Lo más duro que me tocó fue con un emprendimiento hace 16 años, cuando mi socio tuvo que abandonar el barco a los doce meses de comenzar, debido a la deuda que había contraído con su tarjeta de crédito, y volvió a trabajar en relación de dependencia.

Nos estaba yendo bien, pero la caja demora siempre en reflejar el éxito de un negocio; a veces años. Sobre todo si te va bien, porque lo que entra va siempre a pagar los gastos para crecer. Tuve que decidir si debía continuar solo y con empleados a cargo, o cerrar todo y contraer las deudas de cerrar. Volví a vivir en la casa de mis viejos, ahorré lo que pude, hasta en transporte público, y finalmente la empresa pasó de rojo a verde y todo quedó como una anécdota del trayecto. Pero el aprendizaje caló hondo sobre cómo reducir gastos y administrar el flujo de caja.

Para los fundadores, emprender es siempre económicamente muy duro. Puede ser que haya oro al final del camino, pero nunca hay oro en el inicio, y, entre todas las incertidumbres, financiar la empresa y los gastos personales son determinantes para la continuidad del proyecto y la sanidad del emprendedor.

Visto de otra forma, la mayor incógnita para un emprendedor es diferenciar entre la persistencia hasta llegar al éxito y la terquedad de insistir en un proyecto inviable. Es decir, seguir perdiendo para ganar después o seguir perdiendo hasta caer al precipicio.

Desde mi punto de vista, las mayores dificultades de emprender tienen que ver con constantes más que con momentos durante los proyectos. La soledad en la conducción y en el crecimiento profesional, la ansiedad ante los competidores (grandes y chicos), la fragilidad de un éxito temporal, la incertidumbre sobre el corto y el largo plazo.

Emprender como actitud es vital para cada uno en su actividad. Pero emprender una empresa no es para la gran mayoría. Requiere no solo de tener las habilidades del negocio en cuestión, sino de convivir con una tremenda cantidad de incertidumbre, darle el peso exacto a la mirada de los propios y extraños, reduciendo al mínimo el impacto psicológico de los problemas pero siendo obsesivo en resolverlos bien y a tiempo.